Tenía ganas de volver. Desde que se confirmó este 12 de Junio como fecha para la marcha he ansiado que llegase la hora de partir hacia la aldea, de volver a disfrutar de otra inolvidable noche de convivencia y aventura y, de dejar atrás aquellos angustiosos últimos kilómetros vagando por las arenas cual moribundo animal que se dirige hacia su lecho de muerte. Todo este tiempo siempre he tenido en mi mente lo que ha sucedido en 365 días atrás; no sólo referido a esa “derrota” física que mi cuerpo sufrió tras estar 90 minutos extra perdidos entre vacas, sino a no haber podido participar más activamente en vuestros entrenamientos o pruebas de ultra fondo que se han venido celebrando en este tiempo.
Llegamos temprano a la “casta praetoria”, pocas unidades esperaban ya la partida pero el goteo incesante de nuevos guerreros me hace ver que esta vez tomaba la marcha otra dimensión. Reencontrarse con personas a las que no se ve en mucho tiempo siempre resulta especial, mágico a veces. Que el tiempo pase tan rápido es como una broma de mal gusto que nos pasa la vida, cuando tenemos horas de ocio el tiempo se nos hace infinito y cuando llega algo que siempre queremos recordar con más intensidad, no creemos en que tanto tiempo ha pasado desde entonces. Todos teníamos en mente la llegada de quien el año pasado marcó la travesía dejando una huella más profunda que la del hombre en la Luna, y ése quien si no, era nuestro querido “Potaje”. La “guasa” es inevitable cuando un supuesto atajo de hora y larga por un campo de vacas te conduce a unos metros por delante de Palacio, cuando se presupone que habíamos adelantado a todos los que en cierto modo lideraban la marcha y cuando se le pregunta si esta vez tocaba coger dicho atajo otra vez.
Tenía fuerzas al caminar, el riquísimo brownie me hizo sentir “poderoso” por un largo tiempo, quería correr y dejar atrás todo, llegar rápido a Villamanrique y emprender camino hacia la raya real, quería enfrentarme a las arenas donde sufrí el año pasado y disfrutar de verdad de un amanecer rodeado de naturaleza en el “jardín del edén”. Pero, el objetivo era claro y saborear cada simple paso era lo que tocaba esa noche; llegamos al quema pronto a mi parecer, y cuando se tiene esa sensación es porque verdaderamente se hacen las cosas de buen modo. El “bautizo” pretoriano era algo obligado para los noveles; “padre potaje” ejerció de maestro de ceremonias, más que bautizando, duchando a algunos de los nuevos peregrinos. Ya que había llovido en abundancia este año no era cuestión de escatimar en agua para este simbólico rito...
Comenzamos el peregrinar por las arenas a ritmo uniforme, siguiendo sorprendidos paso a paso por el maravilloso estado en el que se encontraba la raya. Sin esa luz que iluminara la ancha autovía natural que conduce a palacio, recrearse en el entorno era misión complicada salvo movimiento voluntario de nuestros frontales hacia los bordes naturales del camino. Un rápido paso hace llegar a nuestro grupo a palacio, y junto al abrevadero que lo precede nos reunificamos con otro grupo para encarar los últimos momentos de la marcha. Llegados al borde de palacio nos encontramos con la verja cerrada; el “yayo” Rafa Iza gira en primer lugar hacia la izquierda para unos pasos más adelante girar 180º y tomar el camino de la derecha que era el bueno para no volver a repetir la experiencia de perderse en este tramo de la raya. Ese desvío a la derecha significó el no poder hacerme una foto junto a la cancela que da entrada a la vaqueriza donde nos perdimos el año pasado, se esfumaba mi sueño de inmortalizar ese punto, era turno de avanzar y ver las primeras luces del alba a la vez que ir dejando palacio tras nuestros pasos.
Como dice el refrán, nunca te irás a la cama sin haber aprendido algo nuevo, y la lección de hoy era sencilla: comprar unos bastones para la próxima travesía que haga. Así, pleno de fuerzas, el amanecer se vive de otra manera, los metros que se recorren dejan una lección moral tras sí, el entorno se hace más maravilloso aun de lo que ya es, y uno se siente afortunado de poder tener estos momentos en la vida, que son los que de verdad nos hacen sentirnos vivos. Entrando en la Aldea mi satisfacción personal era inmensa, mi objetivo estaba cumplido y a pesar de las penurias musculares que había experimentado minutos atrás, todo se sentía de otro modo. No marchaba, simplemente necesitaba avanzar…
Víctor Ramirez











